años con las Escrituras, y qué gran trabajo siguen haciendo. Pues su trato de estos textos es paralelo al de todos los demás, especialmente los que están a favor de nosotros y de nuestro Mesías.
Estos, por supuesto, deben ser considerados como mentiras, mientras que ellos mismos no pueden errar ni equivocarse. Sin embargo, no han adquirido un dominio perfecto del arte de mentir; mienten de manera tan torpe e inepta que cualquiera que sea un poco observador puede detectarlo fácilmente.
Pero para nosotros, los cristianos, constituyen un ejemplo aterrorizador de la ira de Dios.
Como declara san Pablo en Romanos 11, debemos temer a Dios y honrar su palabra mientras dure el tiempo de la gracia, para no correr una suerte similar o peor.
Hemos visto que esto ha sucedido en el caso del papado y de Mahoma.
El ejemplo de los judíos demuestra claramente con cuánta facilidad el diablo puede extraviar a las personas —una vez que se han desviado de la recta comprensión de la Escritura— hacia una ceguera y una oscuridad tales que pueden ser fácilmente captadas y percibidas tan solo por la razón natural, sí, incluso por las bestias irracionales.
Y, sin embargo, aquellos que enseñan y escuchan a diario la palabra de Dios no reconocen esta oscuridad, sino que la consideran la verdadera luz.
¡Oh, Señor Dios, ten piedad de nosotros!
Si tuviera que refutar todos los demás artículos de la fe judía, me vería obligado a escribir en contra de ellos tanto y durante tanto tiempo como el que han empleado en inventar sus mentiras, es decir, más de dos mil años.
Afirmé antes que corrompen su circuncisión con ordenanzas humanas y arruinan su herencia con su arrogancia. Del mismo modo, también profanan su Sábado y todas sus festividades.
En resumen, toda su vida y todas sus obras, ya sea que coman, beban, duerman, desvelen, estén de pie, caminen, se vistan, se desvistan, ayunen, se bañen, oren o alaben, están tan mancilladas por ordenanzas rabínicas e inmundas y por la incredulidad, que Moisés ya no puede ser reconocido entre ellos.
Esto corresponde a la situación del papado en nuestros días, en el que Cristo y su palabra apenas pueden ser reconocidos debido a la gran alimaña de las ordenanzas humanas. Sin embargo, que esto baste por el momento sobre sus mentiras contra la doctrina o la fe.
En conclusión, queremos examinar sus mentiras contra las personas, las cuales, después de todo, no empeoran ni mejoran la doctrina, ya sean las personas piadosas o viles. En concreto, queremos observar sus mentiras sobre la persona de nuestro Señor, así como aquellas sobre su querida madre, sobre nosotros mismos y sobre todos los cristianos. Estas mentiras son de las que el diablo echa mano cuando no puede atacar la doctrina. Entonces se vuelve contra la persona: mintiendo, difamando, maldiciendo y despotricando contra ella.
Eso es lo que me hizo el Belcebú de los papistas [156]. Cuando fue incapaz de refutar mi evangelio, escribió que estaba poseído por el diablo, que era un niño cambiado por las hadas, que mi querida madre era una ramera y una empleada de baños públicos. [157] ¡Por supuesto, no bien hubo escrito esto, mi evangelio quedó destruido y los papistas se llevaron la victoria!
Asimismo, a Juan el Bautista y al propio Cristo se les acusó de estar endemoniados [Mat. 11:18; Juan 8:20] y se les llamó samaritanos_y poco después se demostró que la doctrina de Juan y de la de Cristo era falsa, y la de los fariseos verdadera. Lo mismo les ocurrió a todos los profetas.
Recientemente también, cuando el furtivo y asesino pirómano de Wolfenbüttel, quien, junto al arzobispo de Maguncia, es la única reliquia y joya de la santa Iglesia romana, calumnió y difamó vergonzosamente a las personas del elector de Sajonia y del landgrave de Hesse, ambos fueron condenados al instante; pero él, el hombre santo, rey sobre todos los reyes, fue coronado con una diadema y un oro tan pesado que no pudo soportarlo y tuvo que huir.
Por tanto, siempre que queráis triunfar en una mala causa,volved a hacer lo que ellos hacen y lo que hacen los charlatanes elocuentes en los tribunales cuando les entra la fiebre de la plata o del oro. Insultad y mentid descaradamente sobre la persona, y vuestra causa saldrá victoriosa. Es como aquella madre que instruía a su hijo: «Querido hijo, si no puedes ganar de otro modo, empieza una pelea». Estas son mentiras en las que el mentiroso no inventa ni yerra