Ciertamente, es encomiable que una piadosa virgen o mujer esté decorosa y limpiamente vestida y ataviada, y que exteriormente se conduzca con modestia. Pero si es una ramera, sus ropas, adornos, guirnaldas y joyas le sentarían mejor a una puerca que se revuelca en el cieno. Como dice Salomón [Prov. 11:22]:
«Como zarcillo de oro en el hocico de un cerdo es la mujer hermosa y apartada de razón».
Es decir, es una ramera. Por lo tanto, esta jactancia sobre las leyes externas de Moisés, separada de la obediencia a los Diez Mandamientos, debería ser silenciada; de hecho, esta jactancia hace que los judíos sean siete veces más indignos de ser el pueblo de Dios que los gentiles.
Pues las leyes externas no fueron dadas para hacer de una nación el pueblo de Dios, sino para adornar y enaltecer exteriormente al pueblo de Dios. Del mismo modo, los Diez Mandamientos no fueron dados para que nadie se jactara de ellos y con arrogancia menospreciara a todo el mundo a causa de ellos, como si fueran santos y el pueblo de Dios por ellos; más bien fueron dados para ser cumplidos, y para que en ellos se mostrara la obediencia a Dios, tal como Moisés y todos los profetas enseñan con la mayor seriedad.
- No se gloriará quien los tiene, como vimos en el caso de los demonios y de los hombres malvados, sino quien los guarda.
- Quien los tiene y no los guarda debe avergonzarse y aterrarse, porque ciertamente será condenado por ellos.
Pero este tema está más allá del alcance de los judíos ciegos y empedernidos. Hablarles de esto es casi lo mismo que predicar el evangelio a una cerda. No pueden saber qué es realmente el mandamiento de Dios, y mucho menos saben cómo guardarlo.
Después de todo, no pudieron escuchar a Moisés, ni mirar su rostro; tuvo que cubrirlo con un velo. Este velo sigue estando hasta el día de hoy, y todavía no contemplan el rostro de Moisés, es decir, su doctrina. Todavía les está velado [cf. II Cor. 3:13 ss.; Éxod. 34:33 ss.].
Así, no pudieron oír la palabra de Dios en el monte Sinaí cuando les habló, sino que retrocedieron y dijeron a Moisés: «Háblanos tú, y nosotros oiremos; pero que no hable Dios con nosotros, no sea que muramos» [Éxod. 20:19].
Conocer el mandamiento de Dios y saber cómo guardarlo requiere un alto entendimiento profético.
Moisés era muy consciente de eso cuando dijo en Éxodo 34 que Dios perdona el pecado y que nadie es inocente ante él, lo cual equivale a decir que nadie cumple sus mandamientos excepto aquel cuyos pecados Dios perdona.
Como también testifica David en el Salmo 32:1: «Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, ... a quien el Señor no imputa iniquidad».
Y en el mismo salmo [cf. v. 6]: «Por tanto, ore a ti todo el piadoso para obtener perdón», lo que significa que ningún santo cumple los mandamientos de Dios.
Pero si los santos no logran cumplirlos, ¿cómo los cumplirán los impíos, los incrédulos, la gente malvada?
Asimismo leemos en el Salmo 143:2: «Oh Señor, no entres en juicio con tu siervo; porque no se justificará delante de ti ningún ser humano».
Eso atestigua con bastante claridad que ni siquiera los santos siervos de Dios son justificados ante él a menos que él aparte su juicio y los trate con su misericordia; es decir, ellos no cumplen sus mandamientos y necesitan el perdón de los pecados.
Esto requiere de un Hombre que nos asista en esto, que cargue nuestro pecado por nosotros, como dice Isaías 53:6: «Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros».
En verdad, eso es comprender verdaderamente la ley de Dios y su cumplimiento: cuando sabemos, reconocemos, sí, y sentimos que la tenemos, pero no la cumplimos y no podemos cumplirla; que, en vista de esto, somos pobres pecadores y culpables ante Dios; y que es solo por pura gracia y misericordia que recibimos el perdón por tal culpa y desobediencia a través del Hombre sobre quien Dios ha cargado este pecado.
De esto hablamos los cristianos y esto enseñamos, y de esto nos hablan y nos enseñan los profetas y apóstoles. Ellos son los que fueron y siguen siendo la novia y la virgen pura de nuestro Dios; y, sin embargo, no se jactan de ninguna ley ni santidad como lo hacen los judíos en sus sinagogas. Más bien se lamentan por la ley y claman por misericordia y perdón de los pecados.
Los judíos, por otra parte, son tan santos como los frailes descalzos que poseen tanta santidad excesiva que