hombre y los nueve compiten por su puesto y no hay ningún avance con respecto a los salarios anteriores a la introducción de la máquina. El dueño de la máquina se asegura la ganancia. Su riqueza aumenta enormemente mientras el obrero sigue bregando con su antiguo salario. Con la nueva máquina, el único hombre produce lo que diez hombres hacían antes, pero el producto de los nueve se le atribuye a la máquina y pasa a ser la ganancia del capitalista.
(a) Es preciso ver y rechazar la falsedad en la que se basa esta afirmación antes de poder superar el mal: que la máquina es productiva. No es más que una herramienta en manos de un solo hombre, quien ahora con ella produce tanto como diez hombres sin ella. Si uno hace el trabajo de diez, gana la recompensa de diez. Puesto que mediante esta máquina multiplica su fuerza y aumenta su eficiencia, no se le puede privar justamente de su plena recompensa.
(b) «Pero la máquina pertenece a otro». El hecho de que no posea la máquina no cambia su naturaleza ni la convierte en una fuerza productiva. Ya sea que le pertenezca a él o a otro, es su energía vital inteligente la que produce todo lo que se produce. La máquina no es más que la herramienta con la que trabaja.
(c) "Pero hay que pagar la máquina." Ciertamente, los inventores y mecánicos cualificados, que produjeron esta maravillosa herramienta, deben ser plenamente compensados, pero una vez pagados no tienen ningún derecho sobre ella ni sobre lo que otro pueda producir con ella. Ningún obrero honesto se opone a pagar un buen precio por buenas herramientas. No es la compra de herramientas por un grupo de trabajadores a otro lo que causa las condiciones desiguales.
(d) Es el usurero o cobrador de intereses quien pervierte las condiciones.
Él se apodera de esos grandes inventos y descubrimientos, como los ferrocarriles, los telégrafos y los teléfonos, y exige una compensación