gobernantes acusados de opresión y les preguntó qué debía hacer. No pidió el consejo de ellos. Tomó consejo consigo mismo, con su propia conciencia, con su propio juicio, y elaboró una política independiente e individual que habría de seguir.
Su simpatía estaba con el pueblo sufriente, y decidió abrazar su causa y corregir sus agravios. Luego convocó a los nobles y gobernantes y los acusó en su propia cara de opresión. Puso "el hacha a la raíz del árbol" y achacó la culpa a la codicia de estos, a la exacción de usura o interés. Fue esto, declaró, lo que los había llevado a la riqueza, pero había arrojado a otros a la pobreza. Exigió una reparación. Cuando tardaron en ceder, convocó a una asamblea del pueblo y lo despertó a una debida conciencia del ultraje que venía soportando, y desnudó los pecados de los gobernantes y los nobles. Mostró la opresión al comparar su conducta sórdida y codiciosa con el desinterés y la