lo mejor y es de lo más exigente en sus
Ahora, repito, hay demasiada laxitud en cuanto a contraer deudas y muy poca conciencia sobre la necesidad de pagar por lo que usamos.
La advertencia de san Pablo debería resonar en los oídos de todo deudor: «No debáis a nadie nada».
A estas personas no les servirá de nada venir a confesión y decir que contrajeron deudas y no son capaces de pagar lo que deben. La confesión no los absolverá de su obligación, y deben comenzar de inmediato a hacer un esfuerzo por disminuir las deudas que contrajeron en el pasado, aprender una lección de economía y esforzarse por no contraer nuevas cargas. Esto nos ayudará a liquidar las antiguas.
No es edificante, ni contribuye a la buena convivencia, ni ayuda a que nuestra religión sea más conocida y más amada, encontrar personas, vestidas con sus mejores galas, que acuden domingo tras domingo a misa mientras están muy endeudadas con su tendero, su carnicero o su casero, quienes quizás estén en el mismo banco que ellos.
Una cosa es cierta: esto convence a los hombres de negocios de que la religión del deudor no es muy sincera.
En una palabra, hermanos, es mucho mejor vivir en moradas menos pretenciosas, vestir con mayor sobriedad y comer con más moderación que deber algo a nadie. Pagad lo que debéis, y entonces podréis caminar honradamente entre todos los hombres.
La libertad de deudas es necesaria para la independencia del hombre que obra rectamente y responde únicamente ante Dios. Por mucho que luche, el hombre que tiene obligaciones con otros no es libre. Su conducta se ve obstaculizada; tal vez no siempre sea consciente de ello, pero sin embargo existe una verdadera atadura o encadenamiento de sus