Los tormentos de la acusada no igualaban a los míos; a ella la sostenía la inocencia, pero las garras del remordimiento desgarraban mi pecho y no querían soltar su presa.
Pasé una noche de absoluta desdicha. Por la mañana fui al tribunal; tenía los labios y la garganta resecos. No me atreví a hacer la pregunta fatal; pero me conocían, y el oficial adivinó el motivo de mi visita. Las papeletas habían sido echadas; todas eran negras, y Justine había sido condenada.
No puedo pretender describir lo que entonces sentí. Antes había experimentado sensaciones de horror; y me he esforzado en darles una expresión adecuada, pero las palabras no pueden transmitir una idea de la desesperación nauseabunda que entonces padecí.
La persona a quien me dirigí añadió que Justine ya había confesado su culpabilidad.
«Esa prueba —comentó— apenas era necesaria en un caso tan flagrante, pero me alegro; y, de hecho, a ninguno de nuestros jueces le gusta condenar a un criminal basándose en pruebas circunstanciales, por muy decisivas que sean».
Esta era una noticia extraña e inesperada; ¿qué podía significar? ¿Me habrían engañado los ojos? ¿Y era acaso tan loco como el mundo entero creería que era, si revelaba el objeto de mis sospechas?
Me apresuré a volver a casa, y Elizabeth me preguntó anhelante por el resultado.
—Prima mía —repliqué—, está decidido como podíais esperar; todos los jueces prefieren que sufran diez inocentes a que escape un solo culpable. Pero ella ha confesado.
Este fue un golpe terrible para la pobre Elizabeth, que había confiado firmemente en la inocencia de Justine.