Pasaron así algunas horas; pero poco a poco, a medida que el sol declinaba hacia el horizonte, el viento amainó hasta convertirse en una brisa suave, y el mar quedó libre de rompientes.
Pero a estas les sucedió un fuerte oleaje: me sentí mareado y apenas capaz de sostener el timón, cuando de repente vi una línea de tierra alta hacia el sur.
Casi agotado como estaba por la fatiga y el terrible suspense que padecí durante varias horas, esta repentina certeza de vida inundó mi corazón como un torrente de cálida alegría, y las lágrimas brotaron de mis ojos.
¡Cuán mudables son nuestros sentimientos y cuán extraño ese aferrado amor que le tenemos a la vida, incluso en el colmo de la miseria!
Construí otra vela con una parte de mi vestido y dirigí con anhelo mi rumbo hacia la tierra. Tenía un aspecto agreste y rocoso; pero, a medida que me acercaba, percibí con facilidad indicios de cultivo. Vi embarcaciones cerca de la costa y me encontré de repente transportado de vuelta a las inmediaciones del hombre civilizado.
Seguí con cuidado los recodos de la tierra y saludé con júbilo un campanario que al fin vi emerger de detrás de un pequeño promontorio. Como me encontraba en un estado de extrema debilidad, decidí navegar directamente hacia el pueblo, por ser el lugar donde con mayor facilidad podría procurarme alimento. Afortunadamente llevaba dinero conmigo.
Al doblar el promontorio, vislumbré un pueblecito pulcro y un buen puerto, al que entré con el corazón palpitando de alegría por mi inesperada huida.
Mientras me ocupaba de arreglar el bote y acomodar las velas, varias personas se agolparon en el lugar. Parecían muy sorprendidas por mi aspecto; pero, en lugar de ofrecerme ayuda alguna, cuchicheaban entre ellas con gestos que en cualquier otro