historia, se discuten tantas opiniones y se arroja tanta luz sobre lo que hasta entonces me habían sido temas oscuros, que hallé en él una fuente inagotable de especulación y asombro. Las gentiles y domésticas maneras que describía, combinadas con elevados sentimientos y afectos cuyo objeto era algo ajeno al ego, concordaban bien con mi experiencia entre mis protectores y con los anhelos que vivían eternamente en mi propio pecho. Pero el propio Werther me parecía un ser más divino de cuanto jamás había visto o imaginado; su carácter no contenía pretensión alguna, pero calaba hondo. Las disquisiciones sobre la muerte y el suicidio estaban ideadas para llenarme de asombro. No pretendía juzgar los méritos del caso, mas me inclinaba hacia las opiniones del héroe, cuya extinción lloré sin comprenderla con precisión.
“Sin embargo, al leer, apliqué muchas cosas personalmente a mis propios sentimientos y condición. Me descubrí semejante y, al mismo tiempo, extrañamente desemejante a los seres sobre los cuales leía y cuyas conversaciones presenciaba. Sympatizaba con ellos y en parte los comprendía, pero mi mente estaba sin formar; no dependía de nadie y no estaba emparentado con nadie.
«El camino de mi partida era libre»; y no había nadie que lamentara mi aniquilación.
¿Mi persona era hedionda y mi estatura gigantesca? ¿Qué significaba esto? ¿Quién era? ¿Qué era? ¿De dónde venía? ¿Cuál era mi destino? Estas preguntas se repetían continuamente, pero era incapaz de resolverlas.
“El volumen de las Vidas de Plutarco que poseía contenía las historias de los primeros fundadores de las antiguas repúblicas. Este libro tuvo un efecto muy diferente en mí que Las cuitas del joven Werther. De la imaginación de Werther aprendí el desaliento y la melancolía; pero Plutarco