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nydus/FrankensteinPublic
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Capítulo XXIII

¡Maldito, maldito sea el demonio que trajo la desgracia a sus canas y lo condenó a consumirse en la miseria! No pudo soportar los horrores que se habían acumulado a su alrededor; los resortes de la existencia cedieron de repente: no pudo levantarse de la cama y, a los pocos días, murió en mis brazos.

¿Qué fue entonces de mí? Lo ignoro; perdí el sentido, y las cadenas y la oscuridad fueron los únicos objetos que me oprimieron.

A veces, en verdad, soñaba que deambulaba por prados floridos y valles placenteros con los amigos de mi juventud; pero despertaba y me hallaba en una mazmorra.

La melancolía vino después, pero poco a poco adquirí una clara noción de mis miserias y de mi situación, y entonces fui liberado de mi prisión. Pues me habían tenido por loco; y durante muchos meses, según supe, una celda solitara había sido mi morada.

La libertad, sin embargo, me habría sido un regalo inútil, de no haber sido porque, al despertar a la razón, desperté al mismo tiempo a la venganza. Al agolparse en mi memoria los infortunios pasados, comencé a reflexionar sobre su causa: el monstruo a quien había creado, el miserable demonio que había lanzado al mundo para mi destrucción. Me invadía una rabia enloquecedora al pensar en él, y deseaba y suplicaba ardientemente tenerlo a mi alcance para descargar una gran y rotunda venganza sobre su maldita cabeza.

Tampoco se limitó mi odio mucho tiempo a deseos inútiles; comencé a reflexionar sobre los mejores medios para asegurarme de él; y con este fin, cerca de un mes después de mi liberación, me dirigí a un juez criminal de la ciudad y le dije que tenía una acusación que hacer; que conocía al destructor de mi familia; y que le exigía que ejerciera toda su autoridad para la captura del asesino.

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