su mente mucho más culta, era la única ocupación literaria que reclamaba mi atención.
En el verano de 1816, visitamos Suiza y nos convertimos en vecinos de Lord Byron. Al principio pasábamos las horas agradables en el lago o de paseo por sus orillas; y Lord Byron, que estaba escribiendo el tercer canto de Childe Harold, era el único de entre nosotros que ponía sus pensamientos sobre el papel. Estos, a medida que nos los iba trayendo sucesivamente, revestidos con toda la luz y la armonía de la poesía, parecían consagrar como divinas las glorias del cielo y de la tierra, cuyas influencias compartíamos con él.
Pero resultó ser un verano húmedo y desapacible, y la lluvia incesante a menudo nos confinaba en casa durante días. Cualesquiera volúmenes de historias de fantasmas, traducidos del alemán al francés, cayeron en nuestras manos. Estaba la Historia del amante inconstante, quien, cuando pensaba estrechar a la novia a la que había jurado sus votos, se encontró en los brazos del pálido fantasma de la que había abandonado. Estaba el cuento del pecaminoso fundador de su estirpe, cuyo miserable sino era otorgar el beso de la muerte a todos los hijos menores de su fatídica casa, justo cuando alcanzaban la edad de la promesa. Su gigantesca y sombría forma, ataviada como el fantasma en Hamlet, con armadura completa, pero con la vizera alzada, era vista a medianoche, bajo los rayos inconstantes de la luna, avanzar lentamente por la sombría alameda. La figura se perdía bajo la sombra de los muros del castillo; pero pronto una cancela se abría de golpe, se oía un paso, la puerta de la estancia se abría y él avanzaba hacia el lecho de los jóvenes florecientes, acunados en un sueño saludable. Una pena eterna moraba en su rostro mientras se inclinaba y besaba la frente de los muchachos, que desde aquella hora se marchitaban como flores cortadas del tallo. No he vuelto a ver estas historias desde entonces; pero sus incidentes están tan frescos en mi mente como si los hubiera leído ayer.