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nydus/FrankensteinPublic
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Capítulo XXIII

El magistrado me escuchó con atención y amabilidad:⁠—«Tenga la certeza, caballero —dijo—, de que no escatimaré esfuerzos ni fatigas por mi parte para descubrir al malvado».

—Os lo agradezco —repliqué—; escuchad, por tanto, la declaración que tengo que hacer. Es, en verdad, una historia tan extraña que temería que no me creyerais, de no haber en ella algo de verdad que, por muy maravillosa que sea, impone la convicción. El relato está demasiado hilvanado para confundirlo con un sueño, y no tengo ningún motivo para mentir.

Mi actitud, al dirigirme a él de este modo, era imponente, pero serena; había tomado en mi propio corazón la resolución de perseguir a mi destructor hasta la muerte; y este propósito calmó mi agonía y, por un intervalo, me reconcilió con la vida. Relaté entonces mi historia, brevemente, pero con firmeza y precisión, señalando las fechas con exactitud y sin desviarme jamás hacia la invectiva o la exclamación.

El magistrado pareció al principio completamente incrédulo, pero a medida que continué se volvió más atento y participativo; le vi a veces estremecerse de horror, en otras una viva sorpresa, no mezclada con incredulidad, se pintaba en su rostro.

Cuando hube concluido mi relato, le dije:

«Este es el ser a quien acuso, y para cuya captura y castigo os pido que empleéis todo vuestro poder. Es vuestro deber como magistrado, y creo y espero que vuestros sentimientos como hombre no se rehusarán a cumplir con dichas funciones en esta ocasión».

Esta alocución produjo un cambio considerable en la fisonomía de mi propio oyente. Había escuchado mi historia con esa especie de media creencia que se concede a los relatos de espíritus y sucesos sobrenaturales;

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