cualquier viento más rudo, y por rodearla de todo aquello que pudiera tender a despertar emociones placenteras en su apacible y benevolente mente. Su salud, y aun la tranquilidad de su hasta entonces constante espíritu, se habían visto quebrantadas por lo que había tenido que pasar. Durante los dos años transcurridos antes de su matrimonio, mi padre había abandonado gradualmente todas sus funciones públicas; e inmediatamente después de su unión buscaron el clima apacible de Italia, y el cambio de escenario y de intereses propio de un viaje por aquella tierra de maravillas, como un tónico reconstituyente para su debilitado cuerpo.
Desde Italia visitaron Alemania y Francia. Yo, su hijo mayor, nací en Nápoles y, siendo un infante, los acompañé en sus deambulares. Durante varios años fui su único hijo. Por mucho que se apegaran el uno al otro, parecían extraer manantiales inagotables de afecto de una auténtica mina de amor para prodigármelos.
Las tiernas caricias de mi madre y la sonrisa de benévola complacencia de mi padre al contemplarme son mis primeros recuerdos. Yo era su juguete y su ídolo, y algo mejor: su hijo, la criatura inocente e indefesa que el Cielo les había concedido, a quien debían educar en el bien y cuyo destino futuro estaba en sus manos orientar hacia la felicidad o la desgracia, según cumplieran con sus deberes para conmigo.
Con esta profunda conciencia de lo que debían al ser al que habían dado la vida, sumada al activo espíritu de ternura que a ambos animaba, puede imaginarse que, si bien durante cada hora de mi infancia recibí una lección de paciencia, de caridad y de dominio propio, se me guio con un hilo de seda, de modo que todo me pareció una continua cadena de disfrute.
Durante mucho tiempo fui su único desvelo. Mi madre había deseado mucho tener una hija, pero yo continué siendo su único retoño. Cuando