A veces suplicaba a quienes me atendían que me ayudaran a destruir al demonio por el que estaba atormentado; y en otras, sentía los dedos del monstruo aferrándome ya el cuello, y gritaba a coro de agonía y terror. Afortunadamente, como hablaba mi lengua materna, el señor Kirwin fue el único que me entendió; pero mis gestos y mis amargos gritos bastaban para aterrorizar a los demás
¿Por qué no morí? Más desgraciado de lo que jamás fue hombre alguno, ¿por qué no me hundí en el olvido y el descanso?
La muerte arrebata a muchos niños florecientes, las únicas esperanzas de sus padres devotos: ¡cuántas novias y jóvenes amantes han estado un día en la flor de la salud y la esperanza, y al siguiente son presa de los gusanos y de la descomposición de la tumba!
¿De qué materiales estaba hecho, para poder resistir así tantos golpes que, como el giro de una rueda, renovaban continuamente el tormento?
Pero estaba condenado a vivir; y, en dos meses, me hallé como despertando de un sueño, en una prisión, tendido en un lecho miserable, rodeado de guardianes, carceleros, cerrojos y todo el mísero aparato de un calabozo.
Era por la mañana, lo recuerdo, cuando así desperté a la consciencia: había olvidado los pormenores de lo ocurrido, y solo sentía como si una gran desgracia se hubiera abatido repentinamente sobre mí; pero cuando miré a mi alrededor, y vi las ventanas con rejas y la sordidez de la estancia en la que me encontraba, todo acudió de golpe a mi memoria, y gemí amargamente.
Este ruido turbó a una anciana que dormía en un sillón a mi lado. Era una enfermera contratada, la esposa de uno de los carceleros, y su