De niño, no me había conformado con los resultados prometidos por los modernos profesores de ciencias naturales. Con una confusión de ideas que solo puede explicarse por mi extrema juventud y mi falta de guía en tales asuntos, había desandado los pasos del conocimiento por los senderos del tiempo, y cambiado los descubrimientos de los investigadores recientes por los sueños de alquimistas olvidados. Además, sentía desprecio por la utilidad de la filosofía natural moderna. Muy diferente era cuando los maestros de la ciencia buscaban la inmortalidad y el poder; tales miras, aunque fútiles, eran grandiosas; pero ahora el panorama había cambiado. La ambición del investigador parecía limitarse a la aniquilación de aquellas visiones en las que se fundaba principalmente mi interés por la ciencia. Se me exigía cambiar quimeras de grandeza imensa por realidades de escaso valor.
Tales fueron mis reflexiones durante los dos o tres primeros días de mi estancia en Ingolstadt, que pasé principalmente familiarizándome con los lugares y los principales residentes de mi nuevo hogar.
Pero al comenzar la semana siguiente, pensé en la información que el señor Krempe me había dado acerca de las conferencias. Y aunque no podía consentir en ir a escuchar a aquel hombrecillo engreído soltar frases desde un púlpito, recordé lo que había dicho de M. Waldman, a quien nunca había visto, ya que hasta entonces había estado fuera de la ciudad.
En parte por curiosidad y en parte por ociosidad, entré en la sala de conferencias, a la que M. Waldman entró poco después. Este profesor era muy distinto de su colega. Parecía tener unos cincuenta años, pero con un aspecto que expresaba la mayor benevolencia; unas pocas canas cubrían sus sienes, pero las de la nuca eran casi negras. Su persona era baja, pero extraordinariamente erguida; y su voz, la más dulce que jamás había oído. Comenzó su conferencia con una recapitulación de la