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nydus/FrankensteinPublic
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Capítulo IV

Mis mejillas habían enpalidecido con el estudio, y mi persona se había demacrado por el encierro. A veces, al borde mismo de la certeza, fracasaba; mas aun así me aferraba a la esperanza que el día de mañana o la hora siguiente harían realidad. Un único secreto que solo yo poseía era la esperanza a la que me había consagrado; y la luna contemplaba mis labores de medianoche, mientras, con incesante y anhelante fervor, perseguía a la naturaleza hasta sus escondites.

¿Quién concebirá los horrores de mi labor secreta, mientras chapoteaba entre la humedad impía de la tumba o torturaba al animal vivo para dar vida a la arcilla inerte?

Mis miembros tiemblan ahora y mis ojos se nublan con el recuerdo; pero entonces un impulso irresistible, y casi frenético, me empujaba hacia adelante; parecía haber perdido toda alma o sensibilidad que no fuera por esta única empresa.

No era en verdad sino un trance pasajero, que solo me hizo sentir con renovada agudeza tan pronto como, cesando de actuar el estímulo antinatural, hube regresado a mis viejos hábitos.

Recogí huesos en los osarios y perturbé, con dedos profanos, los tremendo secretos de la estructura humana.

En una habitación solitaria, o más bien celda, en lo alto de la casa, y separada de todos los demás aposentos por una galería y una escalera, guardaba mi taller de creación inmunda; mis globos oculares se salían de sus órbitas al atender a los detalles de mi labor.

La sala de disección y el matadero proporcionaban muchos de mis materiales; y a menudo mi naturaleza humana se apartaba con repugnancia de mi ocupación, mientras que, impulsado aún por un afán que aumentaba perpetuamente, llevaba mi obra cerca de su conclusión.

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