más profundamente sentía encenderse el espíritu de venganza en mi corazón. La nieve cayó y las aguas se endurecieron; pero yo no descansaba. Algunos incidentes me guiaban de vez en cuando, y poseía un mapa del país; pero a menudo me desviaba mucho de mi camino. La agonía de mis sentimientos no me concedía tregua: no ocurría acontecimiento alguno del cual mi furia y mi miseria no pudieran extraer su alimento; pero una circunstancia que sucedió cuando llegué a los confines de Suiza, cuando el sol hubo recuperado su calor y la tierra comenzó de nuevo a verse verde, confirmó de manera muy especial la amargura y el horror de mis
—Por lo general, descansaba durante el día y solo viajaba cuando la noche me ponía a salvo de la vista de los hombres.
Una mañana, sin embargo, al ver que mi camino atravesaba un espeso bosque, me atreví a continuar mi viaje después de que hubiera salido el sol; el día, que era uno de los primeros de la primavera, me infundió ánimos incluso a mí por la hermosura de su luz y la balsámica tibieza del aire.
Sentí que renacían en mi interior emociones de dulzura y placer que desde hacía mucho tiempo parecían muertas. Medio sorprendido por la novedad de estas sensaciones, me dejé llevar por ellas y, olvidando mi soledad y mi fealdad, me atreví a ser feliz.
Nuevamente las lágrimas mojaron mis mejillas, e incluso alcé mis ojos húmedos con agradecimiento hacia el bendito sol que me regalaba semejante alegría.
Continué serpenteando entre los senderos del bosque hasta llegar a su límite, bordeado por un río hondo y rápido, sobre el cual muchos de los árboles inclinaban sus ramas, por entonces brotando con la frescura de la