más encantadores del mundo—, Arthur’s Seat, St. Bernard’s Well y las colinas Pentland le compensaron por el cambio y lo llenaron de alegría y admiración. Pero yo estaba impaciente por llegar al final de mi viaje.
Partimos de Edimburgo al cabo de una semana, pasando por Coupar, St. Andrew’s y bordeando las orillas del Tay hasta Perth, donde nuestro amigo nos esperaba.
Pero yo no estaba de humor para reír y hablar con extraños, ni para compartir sus sentimientos o planes con la buena disposición que se espera de un huésped; y en consecuencia le dije a Clerval que deseaba hacer el recorrido de Escocia a solas.
—Disfruta —le dije—, y que este sea nuestro punto de encuentro. Puede que esté ausente uno o dos meses; pero te ruego que no interfieras en mis movimientos: déjame en paz y soledad por un breve tiempo; y cuando regrese, espero hacerlo con un corazón más ligero, más afín a tu propio carácter.
Henry deseaba disuadirme; pero, al verme empeñado en este plan, dejó de reconvenirme. Me suplicó que le escribiera a menudo.
«Preferiría estar contigo —dijo— en tus solitarios paseos que con esta gente escocesa, a la que no conozco: date prisa, pues, en volver, querido amigo, para que pueda sentirme de nuevo un poco en casa, lo cual no me es posible en tu ausencia».
Habiéndome separado de mi amigo, decidí visitar algún rincón remoto de Escocia y terminar mi trabajo en la soledad. No dudaba de que el monstruo me seguía y de que se me revelaría cuando yo hubiera terminado, para recibir a su compañera.