La filosofía natural es el genio que ha regulado mi destino; deseo, por tanto, en esta narración, exponer aquellos hechos que me condujeron a mi predilección por esa ciencia.
Cuando tenía trece años, fuimos todos de excursión de placer a los baños cerca de Thonon: las inclemencias del tiempo nos obligaron a permanecer un día confinados en la posada. En esta casa tuve la suerte de encontrar un volumen de las obras de Cornelio Agripa. Lo abrí con apatía; la teoría que intenta demostrar y los maravillosos hechos que relata pronto transformaron este sentimiento en entusiasmo.
Una nueva luz pareció alborear en mi mente y, saltando de alegría, comuniqué mi descubrimiento a mi padre. Mi padre miró con indiferencia la portada de mi libro y dijo: «¡Ah! ¡Cornelio Agripa! querido Víctor, no desperdicies tu tiempo en esto; es pura basura».
Si, en vez de esta observación, mi padre se hubiera tomado la molestia de explicarme que los principios de Agripa habían quedado totalmente desacreditados, y que se había introducido un sistema científico moderno que poseía muchas más facultades que el antiguo —ya que las facultades de este último eran quiméricas, mientras que las del primero eran reales y prácticas—; en tales circunstancias, ciertamente habría abandonado a Agripa y habría satisfecho mi imaginación, por acalorada que estuviera, volviendo con mayor ardor a mis estudios anteriores.
Incluso es posible que el curso de mis ideas nunca hubiera recibido el impulso fatal que me condujo a la ruina. Pero la ojeada superficial que mi padre le había echado a mi volumen no me aseguraba en absoluto que estuviera al corriente de su contenido, y continué leyendo con la mayor avidez.
Cuando regresé a casa, mi primer cuidado fue hacerme con las obras completas de este autor, y después con las de Paracelso y Alberto Magno. Leí y estudié las delirantes fantasías de estos escritores con deleite; me parecían tesoros conocidos por pocos además de mí.