En suma, es evidente que la forma de un animal está determinada por su tasa específica de crecimiento en varias direcciones; por consiguiente, el fenómeno de la tasa de crecimiento merece ser estudiado como un preliminar necesario para el estudio teórico de la forma y, matemáticamente hablando, la forma orgánica misma se nos aparece como una función del tiempo2. {52}
Al mismo tiempo, solo necesitamos considerar esta parte de nuestro tema de manera más bien breve. Aunque tiene una relación esencial con los problemas de la morfología, está en mayor grado relacionada con problemas fisiológicos; y, además, el aspecto estadístico o numérico de la cuestión es singularmente propicio para el estudio matemático de la variación y la correlación.
Apenas tocaremos estos importantes temas; pues nuestro propósito principal quedará suficientemente atendido si consideramos las características de una tasa de crecimiento en unos pocos casos ilustrativos, y reconocemos que esta tasa de crecimiento es una propiedad específica muy importante, con su propio valor característico en este o aquel organismo, en esta o aquella parte de cada organismo, y en esta o aquella fase de su existencia.
La afirmación que acabamos de hacer de que «la forma de un organismo está determinada por su velocidad de crecimiento en diversas direcciones», es una afirmación que exige (como ya hemos visto en parte en el capítulo anterior) una mayor explicación y cierta matización. Entre las formas orgánicas tendremos ocasión de ver a menudo que la forma se debe en muchos casos a la acción inmediata o directa de ciertas fuerzas moleculares, de las cuales la tensión superficial es la que desempeña el papel más importante. Ahora bien, cuando la tensión superficial (por ejemplo) hace que un organismo minúsculo semilíquido adopte una forma esférica, o da la forma de una catenaria o de una curva elástica a una película de protoplasma en contacto con alguna varilla esquelética sólida, o cuando actúa de otras diversas maneras que producen contornos definidos, este es un proceso de conformación que, tanto en apariencia como en la realidad, es muy diferente del proceso mediante el cual una planta o un animal ordinarios crecen hasta alcanzar su forma específica. En ambos casos, el cambio de forma es provocado por el movimiento de porciones de materia, y en ambos casos se debe en última instancia a la acción de fuerzas moleculares; pero en un caso los movimientos de las partículas de materia se encuentran principalmente dentro del rango molecular, mientras que en el otro tenemos que habérnoslas principalmente con la transferencia de porciones de materia al sistema desde el exterior, y desde una parte del organismo ampliamente distante a otra. Es a esta segunda clase de fenómenos a la que solemos restringir el término crecimiento; y es con respecto a ellos que nos encontramos en condiciones de estudiar la velocidad de acción en diferentes direcciones, y de ver que es meramente de una diferencia de velocidades de lo que depende esencialmente la modificación de la forma. {53} La diferencia entre las dos clases de fenómenos es un tanto similar a la diferencia entre las fuerzas que determinan la forma de una gota de lluvia y aquellas que, mediante el flujo de las aguas y el esculpido de la tierra sólida, han originado la compleja configuración de un río; las fuerzas moleculares son preponderantes en la conformación de la una, y las fuerzas molares son dominantes en el otro.
Al mismo tiempo es perfectamente verdad que todos los cambios de forma, en la medida en que implican necesariamente cambios de magnitud real y relativa, pueden, en cierto sentido, considerarse propiamente como fenómenos de crecimiento; y también es verdad, puesto que el movimiento de la materia debe implicar siempre un elemento de tiempo3, que en todos los casos la tasa de crecimiento es un fenómeno que debe tenerse en cuenta.