mosqueteros, y los mosqueteros disparaban contra la chusma, y a nadie le parecía que ninguno de estos sucesos saliera demasiado de lo común.
En medio de ellos, el verdugo, siempre atareado y siempre peor que inútil, era requerido sin descanso;
- ahora, colgando largas filas de delincuentes de toda especie;
- ahora, ahorcando en sábado a un ladrón de casas que había sido capturado el martes;
- ahora, marcando a la gente con hierro candente en Newgate por docenas, y ahora quemando panfletos a la puerta de Westminster Hall;
- hoy, quitándole la vida a un atroz asesino, y mañana a un desgraciado ratero que le había robado seis peniques al muchacho de un granjero.
Todas estas cosas, y mil como ellas, sucedieron en el querido viejo año de mil setecientos setenta y cinco, y muy cerca de él.
Envueltos por ellas, mientras el Leñador y el Granjero trabajaban sin ser advertidos, aquellos dos de las grandes mandíbulas, y aquellos otros dos de los rostros llanos y hermosos, marchaban con bastante revuelo y ejercían sus derechos divinos con mano de hierro.
Así condujo el año de mil setecientos setenta y cinco a sus Grandezas y a miríadas de pequeñas criaturas —las criaturas de esta crónica entre el resto— por los caminos que se extendían ante ellos.