delantero, donde untrabuco cargado reposaba sobre la cimera de seis u ocho pistolas de arzón cargadas, depositadas a su vez sobre un lecho de sables cortos.
El correo de Dover se encontraba en su habitual y afable postura de que el guarda sospechaba de los pasajeros, los pasajeros sospechaban los unos de los otros y del guarda, todos sospechaban de los demás, y el mayoral no estaba seguro de nada salvo de los caballos; respecto a los cuales bichos habría podido jurar con la conciencia tranquila sobre los dos Testamentos que no servían para el viaje.
—¡Arre! —dijo el cochero—. ¡Eso es! ¡Un último tirón y habréis llegado a la cima, y que os den por el culo, que bastante trabajo me ha costado traeros hasta aquí! —¡Joe!
—¡Hola! —respondió el guardián.
—¿Qué