Incluso el fantasma de Cock Lane había sido exorcizado hacía apenas una docena redonda de años, tras transmitir a golpes sus mensajes, tal como los espíritus de este mismo año pasado (sobrenaturalmente faltos de originalidad) transmitieron a golpes los suyos. Simples mensajes, en el orden terrenal de los acontecimientos, le habían llegado últimamente a la Corona y al Pueblo ingleses de parte de un congreso de súbditos británicos en América: los cuales, cosa extraña de relatar, han resultado más importantes para el género humano que cualesquiera comunicaciones recibidas hasta el momento a través de cualquiera de los polluelos de la nidada de Cock Lane.
Francia, menos favorecida en conjunto en lo espiritual que su hermana del escudo y el tridente, rodaba con extrema suavidad cuesta abajo, fabricando papel moneda y gastándolo. Bajo la guía de sus pastores cristianos, se entretuvo además con tan humanas hazañas como condenar a un joven a que le cortaran las manos, le arrancaran la lengua con tenazas y su cuerpo fuera quemado vivo, por no haberse arrodillado bajo la lluvia para rendir honor a una sucia procesión de monjes que pasó ante su vista, a una distancia de unas cincuenta o sesenta yardas. Es muy probable que, arraigados en los bosques de Francia y Noruega, hubiera árboles creciendo, cuando aquel sufridor fue ejecutado, ya marcados por el Leñador, el Destino, para ser derribados y aserrados en tablones, con fin de construir cierto armazón móvil con un saco y una cuchilla en él, terrible en la historia. Es muy probable que en las toscas dependencias de algunos labradores de las pesadas tierras adyacentes a París, estuvieran resguardados de la intemperie ese mismo día, carros rudos, salpicados de lodo rústico, husmeados por cerdos y habitados por aves de corral, que el Granjero, la Muerte, ya había apartado para que fuesen sus carretas de la Revolución.