Las palabras aún resonaban en sus oídos como si acabaran de ser pronunciadas —tan claramente en sus oídos como jamás lo habían sido palabras pronunciadas en su vida— cuando el cansado viajero despertó a la conciencia de la luz del día y descubrió que las sombras de la noche se habían desvanecido.
Bajó la ventanilla y se asomó para contemplar el sol naciente.
Había una franja de tierra arada, con un arado encima tal como lo habían dejado la noche antes al desuncir los más a los caballos; más allá, un soto tranquilo, en el que aún quedaban en los árboles muchas hojas de un rojo ardiente y de un amarillo dorado.
Aunque la tierra estaba fría y húmeda, el cielo se veía despejado, y el sol se alzó brillante, apacible y hermoso.
—¡Dieciocho años! —dijo el pasajero, mirando al sol—. ¡Creador misericordioso del día! ¡Estar enterrado en vida durante dieciocho años!