comerciante, no encajaría con tu ramo de negocios! ¡Reclamado a la vida…! ¡Que me parta un rayo si no creo que había estado bebiendo!
Su mensaje lo dejó tan perplejo que se vio obligado, en varias ocasiones, a quitarse el sombrero para rascarse la cabeza.
A excepción de la coronilla, calva y deslucida, tenía el pelo negro y tieso, erizado de manera irregular por todas partes, y que le crecía hacia abajo casi hasta su nariz ancha y chata.
Era tan parecido a la obra de un herrero, mucho más semejante a la parte superior de un muro erizado de púas que a una cabellera, que el mejor de los jugadores al salto de rana lo habría rechazado por ser el hombre más peligroso del mundo para saltar por encima.
Mientras él trotaba de regreso con el mensaje que debía entregar al vigilante nocturno en su garita a la puerta del Banco de Tellson, junto a Temple Bar, quien a su vez debía entregarlo a autoridades superiores en su interior, las sombras de la noche adoptaron para él formas surgidas del mensaje, y adoptaron para la yegua formas surgidas de sus motivos particulares de inquietud.
Estos parecían ser numerosos, pues se asustaba ante cada sombra en el camino.
A su hora, el coche correo avanzaba con gran estrépito, traqueteando, sacudiéndose y dando botes en su tedioso camino, con sus tres pasajeros impenetrables en el interior.
A quienes, asimismo, las sombras de la noche se les revelaban bajo las formas que sus ojos adormecidos y sus pensamientos errantes sugerían.
El Banco de Tellson tuvo una avalancha de clientes en el correo. Mientras el pasajero del banco —con un brazo pasado por la correa de cuero, que hacía todo lo posible por evitar que se estrellara contra el pasajero de al