que ha llegado al final de una botella, cuando el traqueteo de unas ruedas subió por la estrecha calle y penetró con estrépito en el patio de la posada.
Dejó el vaso sin probar.
«¡Esta es la señorita!», dijo.
En muy pocos minutos el camarero entró para anunciar que la señorita Manette había llegado de Londres, y que tendría el gusto de ver al caballero de Tellson.
“¿Tan pronto?”
La señorita Manette había tomado un refrigerio en el camino y no necesitaba ninguno en ese momento, y estaba sumamente ansiosa por ver al caballero de Tellson inmediatamente, si le placía y convenía.
Al caballero de Tellson no le quedó más remedio que apurar su vaso con un aire de estúpida desesperación, acomodarse su estrafalaria peluquita de lino a la altura de las orejas y seguir al camarero hasta el aposento de la señorita Manette.
Era una habitación grande y sombría, amueblada de manera fúnebre con crin negra y atiborrada de pesadas y oscuras mesas. Estas habían sido enceradas una y otra vez, hasta el punto de que las dos altas velas sobre la mesa del centro de la estancia se reflejaban lúgubremente en cada una de sus hojas; como si estuviesen enterradas en hondas fosas de oscuraoba, y no pudiera esperarse de ellas luz digna de mención hasta que las desenterraran.
La oscuridad era tan difícil de penetrar que el señor Lorry, abriéndose paso con cautela sobre la gastada alfombra turca, supuso que la señorita Manette se encontraba, por el momento, en alguna habitación contigua, hasta que, habiendo pasado los dos altos candelabros, vio de pie,