cuyas formas de vida nos parecerían todas increíbles si la experiencia diaria no nos las enseñara. ¿Por qué habríamos de extrañarnos entonces de que la prodigiosa masa de materia de la que consta este Globo sea capaz de algún otro provecho que no sea el de servir meramente para sostener su superficie? ¿Por qué no habríamos de suponer más bien que la cantidad extremadamente pequeña de materia sólida, respecto al Eter fluido, está dispuesta por la Sabiduría Omnipotente de tal modo que produzca una superficie tan vasta para el uso de las criaturas vivientes como pueda concordar con la conveniencia y seguridad del conjunto? Nosotros mismos, en las ciudades donde escasea el espacio, solemos construir muchos pisos los unos sobre los otros, y de este modo acomodamos a una multitud mucho mayor de habitantes.
Pero aún se dirá que sin luz no puede haber vida, y que por tanto todo este aparato de nuestros globos interiores debe ser inútil; a esto respondo que hay muchas maneras de producir luz de las cuales somos totalmente ignorantes; el medio mismo puede ser siempre luminoso a la manera de nuestros Ignes fatui. Los arcos cóncavos pueden en varios lugares brillar con una sustancia como la que envuelve la superficie del Sol; ni podemos, sin una audacia impropia de un filósofo, atrevernos a afirmar la imposibilidad de luminarias peculiares en el subsuelo, de las cuales no tenemos ningún tipo de idea.
Estoy seguro de que los poetas Virgilio y Claudiano me han precedido en este pensamiento, iluminando sus Campos Elíseos con el sol y las estrellas propios de aquellas regiones infernales, o más bien internas. Virg. Eneid. 6.
Y Claudian lib 2. De Raptu Proserpinæ.
Y aunque esto no deba ser estimado como un Argumento, sin embargo, puedo tomarme la libertad que veo que otros se toman, de citar a los Poetas cuando viene a mi propósito.