Observé en el prefacio original de este libro que no me resultaba fácil alejarme lo suficiente de él, en las primeras sensaciones de haberlo terminado, como para referirme a él con la compostura que este encabezamiento formal parecería requerir. Mi interés por él era tan reciente e intenso, y mi mente estaba tan dividida entre el placer y el pesar —el placer de haber llevado a cabo un viejo propósito, el pesar por la separación de muchos compañeros—, que corría el peligro de fatigar al lector con confidencias personales y emociones privadas.
Aparte de lo cual, todo lo que hubiera podido decir de la historia con algún propósito, me había esforzado en decirlo en ella.
Tal vez le importe poco al lector saber cuán con dolor se depone la pluma al término de una tarea imaginativa de dos años; o cómo se siente un autor al despedir de sí una porción suya hacia el mundo de las sombras, cuando una multitud de las criaturas de su cerebro se aleja de él para siempre.
Sin embargo, no tenía otra cosa que relatar; a menos que, en verdad, confesara (lo cual podría ser de menor importancia aún), que nadie podrá creer jamás esta narración, al leerla, más de lo que yo la creí al escribirla.
Tan ciertas son estas declaraciones en el día de hoy, que ahora solo puedo hacerle al lector una confidencia más.
De todos mis libros, este es el que más me gusta. Será fácil creer que soy un padre afectuoso con cada hijo de mi fantasía, y que nadie podrá querer nunca a esa familia tanto como la quiero yo. Pero, como muchos padres afectivos, tengo en lo más hondo de mi corazón un hijo predilecto. Y se llama
David Copperfield
1869