Los más ambiciosos de entre ellos niegan que la tierra sea un objeto apropiado para la apropiación privada, y han comenzado una campaña en favor de su recuperación por parte del Estado. A esto se combina, en los discursos de algunos de los agitadores, una denuncia de lo que denominan usura, pero sin definición alguna de lo que entienden por dicho nombre; y el clamor no parece tener origen nacional, sino haber sido adoptado a partir del intercambio que ha comenzado recientemente, a través de los Congresos obreros y la Sociedad Internacional, con los socialistas continentales que se oponen a todo interés sobre el dinero y niegan la legitimidad de obtener ingresos de cualquier forma a partir de la propiedad al margen del trabajo.
Esta doctrina no muestra aún indicios de estar muy extendida en Gran Bretaña, pero el terreno está bien preparado para recibir semillas de esta índole, las cuales se hallan ampliamente esparcidas desde aquellos países extranjeros donde las grandes teorías generales y los proyectos de inmensas promesas, en vez de inspirar desconfianza, son esenciales para la popularidad de una causa.
Es en Francia, Alemania y Suiza donde las doctrinas antipropiedad en su sentido más amplio han atraído a grandes masas de trabajadores para que se agrupen en torno a ellas. En estos países, casi todos aquellos que aspiran a reformar la sociedad en interés de las clases trabajadoras se proclaman socialistas, una denominación bajo la cual se comprenden y confunden proyectos de índole muy diversa, pero que implica al menos una remodelación que por lo general se acerca a la abolición de la institución de la propiedad privada.
Y probablemente se descubriría que incluso en Inglaterra los líderes más prominentes y activos de las clases trabajadoras son habitualmente, en sus creencias privadas, socialistas de uno u otro orden; aunque, siendo como la mayoría de los políticos ingleses —más conscientes que sus hermanos