la tierra podría declararse propiedad del Estado, sin interferir con el derecho de propiedad sobre aquello que es producto del trabajo y la abstinencia humanos.
Parecía conveniente comenzar la discusión de la cuestión socialista con estas observaciones para moderar las exageraciones socialistas, a fin de que los verdaderos puntos de controversia entre el socialismo y el estado actual de la sociedad pudieran concebirse correctamente.
El sistema actual no nos está precipitando, como creen muchos socialistas, en un estado de indigencia y esclavitud generales del que solo el socialismo puede salvarnos. Los males y las injusticias que se padecen bajo el sistema actual son grandes, pero no van en aumento; por el contrario, la tendencia general es hacia su lenta disminución.
Además, las desigualdades en la distribución de lo producido entre el capital y el trabajo, por mucho que puedan herir el sentimiento de justicia natural, no proporcionarían, ni mucho menos, mediante su mera igualación, un fondo tan cuantioso para elevar los niveles inferiores de remuneración como los socialistas, y muchos además de los socialistas, tienden a suponer.
No existe en la sociedad actual ningún abuso o injusticia aislado con cuya mera abolición el género humano pasara del sufrimiento a la felicidad.
Lo que nos incumbe es una calmada comparación entre dos sistemas diferentes de sociedad, con el fin de determinar cuál de ellos ofrece los mayores recursos para superar las inevitables dificultades de la vida.
Y si encontramos que la respuesta a esta pregunta es más difícil, y depende más de condiciones intelectuales y morales de lo que se suele pensar, resulta satisfactorio reflejar que tenemos tiempo por delante para que la cuestión se resuelva a una escala experimental, mediante la prueba real.