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Introducción

Me parece que la grandeza de este cambio aún no ha sido comprendida en absoluto, ni por quienes se opusieron a nuestra última reforma constitucional, ni por quienes la llevaron a cabo.

A decir verdad, las percepciones de los ingleses se han adormecido un tanto últimamente en lo que respecta a las tendencias de los cambios políticos. Han presenciado tantas modificaciones de las que, mientras eran meros proyectos, se abrigaban inmensas expectativas, tanto de males como de bienes, y cuyos resultados efectivos parecieron quedar tan lejos de lo predicho, que han llegado a sentir como si fuera la naturaleza de los cambios políticos no colmar las expectativas, y han caído en el hábito de creer, medio inconscientemente, que tales cambios, cuando ocurren sin una revolución violenta, no alteran mucho ni permanentemente en la práctica el curso de las cosas habituales en el país.

Esta, sin embargo, no es más que una visión superficial, tanto del pasado como del futuro. Las diversas reformas de las últimas dos generaciones han sido al menos tan fructíferas en consecuencias importantes como se había pronosticado.

Las predicciones solían ser erróneas en cuanto a la inmediatez de los efectos, y a veces incluso en cuanto a la índole del efecto. Nos reímos de las vanas expectativas de quienes pensaban que la emancipación católica tranquilizaría a Irlanda, o la reconciliaría con el dominio británico.

Al cabo de los primeros diez años de la Ley de Reforma de 1832, pocos seguían creyendo que fuera a eliminar todos los agravios prácticos importantes, o que hubiera abierto la puerta al sufragio universal. Pero veinticinco años más de su aplicación dieron margen a un gran desarrollo de su funcionamiento indirecto, que es mucho más trascendental que el directo.

Los efectos repentinos en la historia son generalmente superficiales.

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