negocios por los que se compite, los comerciantes dependen tan poco de los clientes habituales que la reputación es mucho menos esencial para ellos, al tiempo que existe también mucha menos certeza de que obtengan la reputación que merecen. Los bajos precios que anuncia un comerciante son conocidos por mil personas por cada una que ha descubierto por sí misma o ha sabido por otros que la mala calidad de los bienes supera con creces su baratura; mientras que, al mismo tiempo, las fortunas mucho mayores que hoy logran algunos comerciantes excitan la codicia de todos, y la avidez de ganancia rápida suplanta el deseo modesto de ganarse la vida con su negocio.
De este modo, a medida que aumenta la riqueza y parecen estar al alcance mayores premios, se introduce en el comercio un espíritu de juego cada vez mayor; y donde este impera, no solo se descuidan las más simples máximas de prudencia, sino que todas las formas de incorrección