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Introducción

Aparte de toda consideración de injusticia hacia los actuales poseedores, la idea misma de dirigir toda la industria de un país mediante directrices procedentes de un único centro es tan obviamente quimérica que nadie se atreve a proponer ningún modo en que deba llevarse a cabo; y apenas cabe dudar de que, si los socialistas revolucionarios alcanzasen su objetivo inmediato y dispusieran efectivamente de toda la propiedad del país, no encontrarían otro modo practicable de ejercer su poder sobre ella que el de dividirla en porciones, para entregar cada una a la administración de una pequeña comunidad

El problema de la dirección, que hemos visto que resulta tan difícil incluso para una población selecta y bien preparada de antemano, se dejaría para que lo resolviera como pudiera aglomeraciones unidas únicamente por la localidad, o tomadas indiscriminadamente de la población, incluyendo a todos los malhechores, a todos los más perezosos y viciosos, a los más incapaces de una labor constante, previsión o autocontrol, y a una mayoría que, aunque no esté igualmente degradada, se encuentra, sin embargo, en opinión de los propios socialistas, en lo que respecta a las cualidades esenciales para el éxito del socialismo, profundamente desmoralizada por el estado actual de la sociedad.

Es decir muy poco afirmar que la introducción del socialismo en tales condiciones no podría tener más efecto que el de un fracaso desastroso, y sus apóstoles solo tendrían el consuelo de que el orden de la sociedad tal como existe hoy habría perecido primero, y todos los que se benefician de él se verían envueltos en la ruina común —un consuelo que para algunos de ellos probablemente sería real, pues si se puede confiar en las apariencias, el principio animador de demasiados socialistas revolucionarios es el odio; un odio muy disculpable hacia los males existentes, que se desahogaría poniendo fin al sistema actual a toda costa,

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