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Introducción

parte de sus temores, y comprados en parte con dinero, o alcanzados a cambio del apoyo prestado a una sección de los poderosos en sus disputas con otra, tuvieron de antemano los más fuertes prejuicios en su contra; pero su adquisición fue un signo de poder ganado por las clases subordinadas, un medio para que dichas clases adquirieran más; en consecuencia, atrajo hacia esas clases una cierta proporción del respeto concedido al poder, y produjo una modificación correspondiente en el credo de la sociedad respecto a ellas; cualesquiera que fuesen las ventajas que lograban adquirir, pasaban a considerarse como su derecho, mientras que, de aquellas que aún no habían alcanzado, se seguía juzgándolas indignas. Las clases, por tanto, que el sistema de la sociedad vuelve subordinadas, tienen pocas razones para depositar su fe en cualquiera de las máximas que el mismo sistema de la sociedad pueda haber establecido como principios. Considerando que las opiniones de la humanidad han resultado ser tan maravillosamente flexibles, que siempre han tendido a consagrar los hechos existentes y a declarar lo que aún no existía, ya sea como pernicioso o impracticable, ¿qué seguridad tienen esas clases de que la distinción entre ricos y pobres se funde en una necesidad más imperativa que aquellos otros hechos antiguos y arraigados que, habiendo sido abolidos, son ahora condenados incluso por quienes antes se beneficiaban de ellos? Esto no puede aceptarse bajo la palabra de una parte interesada.

Las clases trabajadoras tienen derecho a exigir que todo el ámbito de las instituciones sociales sea reexaminado, y que cada cuestión sea considerada como si surgiera ahora por primera vez; con la idea constantemente presente de que las personas a quienes hay que convencer no son aquellas que deben su desahogo e importancia al sistema actual, sino personas que no tienen otro interés en el asunto que la justicia abstracta y el bien general de la comunidad.

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