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Introducción

misma concepción general del remedio que ha de proporcionarse para dichos defectos; pero en los detalles, a pesar de este acuerdo general, hay una amplia disparidad. Será a la vez natural y conveniente, al intentar una valoración de sus doctrinas, comenzar por la parte negativa que les es común a todas, y posponer toda mención de sus diferencias hasta que lleguemos a esa segunda parte de su empresa, en la cual únicamente difieren de manera sustancial.

Esta primera parte de nuestra tarea no es en modo alguno difícil, ya que consiste únicamente en una enumeración de los males existentes.

De estos no hay escasez, y la mayoría no son en absoluto oscuros ni misteriosos. Muchos de ellos son los más puros lugares comunes de los moralistas, aunque las raíces incluso de estos yacen más hondo de lo que los moralistas suelen intentar penetrar.

Tan variados son que la única dificultad es hacer algo parecido a un catálogo exhaustivo. Por el momento nos contentaremos con mencionar algunos de los principales.

Y que el lector recuerde una cosa. Cuando pase ante él elemento tras elemento de la enumeración, y halle un hecho tras otro que ha estado acostumbrado a incluir entre las necesidades de la naturaleza presentado como una acusación contra las instituciones sociales, no tendrá derecho a clamar injusticia y a protestar que los males de los que se queja son inherentes al Hombre y a la Sociedad, y son de aquellos que ningún arreglo puede remediar. Afirmar esto sería dar por supuesta la cuestión misma en debate. Nadie está más dispuesto que los socialistas a admitir —afirman esto, en verdad, mucho más rotundamente de lo que la verdad autoriza— que los males de los que se quejan son irremediables en la actual constitución de la sociedad. Proponen considerar si se puede idear alguna otra forma de

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