incentivos del espíritu público, de la conciencia y del honor y el crédito de los administradores. La fuerza de estos motivos, especialmente cuando se combinan, es grande. Pero varía enormemente en las distintas personas y es mucho mayor para unos fines que para otros. El veredicto de la experiencia, en el grado imperfecto de cultivo moral que la humanidad ha alcanzado hasta ahora, es que el motivo de la conciencia y el del crédito y la reputación, aun cuando poseen cierta fuerza, son, en la mayoría de los casos, mucho más fuertes como fuerzas restrictivas que como impulsoras; se puede confiar más en ellos para prevenir el mal que para movilizar las energías más plenas en la búsqueda de las ocupaciones ordinarias.
En el caso de la mayoría de los hombres, el único incentivo que se ha mostrado lo suficientemente constante y perseverante como para vencer la influencia siempre presente de la indolencia y el amor a la comodidad, y para inducir a los hombres a dedicarse sin desmayo a un trabajo que en su mayor parte es aburrido y poco estimulante de por sí, es la perspectiva de mejorar su propia condición económica y la de su familia; y cuanto más estrecha sea la conexión entre cada aumento del esfuerzo y un incremento correspondiente de sus frutos, más poderoso será este motivo.
Suponer lo contrario equivaldría a implicar que, en los hombres tal como son hoy en día, el deber y el honor son principios de acción más poderosos que el interés personal, no solo en lo que respecta a actos y abstenciones especiales sobre los cuales esos sentimientos se han cultivado de manera excepcional, sino en la regulación de toda su vida; algo que nadie, supongo, afirmará.
Puede decirse que esta inferior eficacia de los sentimientos públicos y sociales no es inevitable, sino el resultado de una educación imperfecta. Estoy muy dispuesto a admitir esto, y también que existen ya muchas excepciones individuales a la debilidad general. Pero antes de que estas