Tiene asimismo algunas desventajas que parecen serle inherentes, debido a la necesidad en que se encuentra de decidir de un modo más o menos arbitrario cuestiones que, en el sistema actual, se resuelven por sí mismas, a menudo bastante mal, pero de forma espontánea.
Es una regla sencilla, y bajo ciertos aspectos justa, dar igual remuneración a todos los que participan en el trabajo. Pero esta es una justicia muy imperfecta a menos que el trabajo también se reparta por igual. Ahora bien, las muy diversas clases de trabajo que se requieren en toda sociedad son muy desiguales en cuanto a dureza y desagrado. Medir estas unas con otras, de modo que la calidad equivalga a la cantidad, es tan difícil que los comunistas generalmente proponen que todos trabajen por turnos en toda clase de labor.
Pero esto entraña un sacrificio casi completo de las ventajas económicas de la división de empleos, ventajas que de hecho son frecuentemente sobreestimadas (o más bien las consideraciones contrarias son subestimadas) por los economistas políticos, pero que no obstante son, desde el punto de vista de la productividad del trabajo, muy considerables, por la doble razón de que la cooperación de empleos permite que el trabajo se distribuya teniendo en cuenta en cierta medida las capacidades y cualificaciones especiales del trabajador, y también de que cada trabajador adquiere mayor destreza y rapidez en una sola clase de trabajo al circunscribirse a él. La disposición, por tanto, que se considera indispensable para una distribución justa constituiría probablemente una desventaja muy considerable con respecto a la producción.
Pero además, sigue siendo una norma de justicia muy imperfecta exigir la misma cantidad de trabajo a todo el mundo. Las personas tienen capacidades desiguales para el trabajo, tanto mental como corporal, y lo que es una tarea ligera para uno es una carga insoportable para otro.