cuando las pasiones personales, desviadas de su cauce ordinario, se vean empujadas a buscar su principal gratificación en esa otra dirección.
Por estas diversas razones es probable que una asociación comunista con frecuencia no lograra exhibir el atractivo cuadro de amor mutuo y unidad de voluntad y sentimiento que los comunistas nos dicen a menudo que debemos esperar, sino que con frecuencia se vería desgarrada por la disensión y no pocas veces disuelta por ella.
Otras y numerosas fuentes de discordia son inherentes a la necesidad que el principio comunista implica de decidir por la voz general cuestiones de la mayor importancia para cada uno, las cuales, según el sistema actual, pueden ser y son dejadas a los individuos para que las decidan, cada uno en su propio caso.
A título de ejemplo, tomemos el tema de la educación. Todos los socialistas están profundamente convencidos de la importancia capital de la formación impartida a los jóvenes, no solo por las razones que se aplican universalmente, sino porque, al ser sus exigencias para con la inteligencia y la moralidad del ciudadano individual mucho mayores que las de cualquier otro sistema, tienen aún más en juego que cualquier otra sociedad en la excelencia de sus arreglos educativos.
Ahora, bajo el comunismo, estos arreglos tendrían que hacerse para cada ciudadano por parte del organismo colectivo, ya que los padres individuales, suponiendo que prefirieran algún otro modo de educar a sus hijos, no tendrían medios privados para pagarlo, y estarían limitados a lo que pudieran hacer mediante su propia enseñanza e influencia personal. Pero cada miembro adulto del organismo tendría voz igual en la determinación del sistema colectivo diseñado para el beneficio de todos.
He aquí, pues, una fuente muy fecunda de discordia en toda asociación. Todos los que tuvieran alguna opinión o preferencia en cuanto a la educación que desearían para sus propios hijos, tendrían que confiar,