El sirviente toma a Hugo aparte para decirle algo, y Hagar cambia las copas por otras dos que son inofensivas. Ferdinando, el «esbirro», se las lleva, y Hagar vuelve a colocar la copa que contiene el veneno destinado a Roderigo. Hugo, sediento tras un largo gorgorito, se la bebe, pierde la razón y, tras un buen número de aspavientos y patadas, cae de espaldas y muere; mientras Hagar le informa de lo que ha hecho en un canto de exquisita fuerza y melodía.
Esta era una escena verdaderamente emocionante, aunque algunas personas habrían podido pensar que la caída repentina de una abundante mata de pelo largo deslucía un tanto el efecto de la muerte del villano.
Fue llamado a escena y apareció con mucha corrección, conduciendo a Hagar, cuyo canto se consideraba más maravilloso que todo el resto de la representación junto.
El acto cuarto mostraba al desesperado Rodrigo a punto de apuñalarse, porque le han dicho que Zara lo ha abandonado.
Justo cuando tiene el puñal en el corazón, se canta una hermosa canción bajo su ventana, haciéndole saber que Zara le es fiel, pero está en peligro, y que él puede salvarla si así lo desea.
Se arroja una llave que abre la puerta, y en un espasmo de éxtasis él se arranca las cadenas y sale corriendo para encontrar y rescatar a su amada.
El quinto acto comenzó con una escena tempestuosa entre Zara y don Pedro. Él desea que ella ingrese en un convento, pero ella ni se digna a oír hablar de ello; y, tras una súplica conmovedora, está a punto de desmayarse, cuando Rodrigo irrumpe precipitadamente y exige su mano. Don Pedro se niega, porque él no es rico.