celestial hay, en medio de toda la perplejidad y la aprensión propia de una pesadilla, interludios del más puro humor.
Del estilo de Kafka solo puede obtenerse una idea adecuada acudiendo al original. Es un estilo de la máxima exactitud, la máxima flexibilidad, la máxima naturalidad y de una propiedad inevitable.
Su vocabulario es reducido, pero su dominio del mismo es absoluto. Mediante las palabras más sencillas puede evocar nuevos efectos y transmitir los pensamientos más difíciles.
Su manejo de la frase es consumado. Fluidas sin ser jamás monótonas, sus largas oraciones logran una variedad infinita de inflexión mediante dos cosas únicamente: una habilidad inevitable en la disposición de las cláusulas y de las palabras que las componen.
No se me ocurre ningún otro escritor que pueda conseguir tanta fuerza y significado como Kafka mediante la colocación matemáticamente correcta de una palabra. Y, sin embargo, en todos sus libros probablemente jamás colocó una palabra de forma antinatural ni tampoco llamativa.
Sus oraciones están construidas con tanta facilidad y, sin embargo, con un equilibrio tan exacto que, incluso cuando son muy largas, casi nunca necesitan el apoyo del punto y coma, bastando la coma para todo lo necesario.
Por la coma, en efecto, dada su mayor flexibilidad, muestra predilección; o bien ama la línea sinuosa, la oración que fluye hacia adelante, fluye sobre sí misma y vuelve a fluir hacia adelante antes de serpentear hacia su final determinado.
Su diálogo es intraducible. No es el diálogo realista de que están llenas casi todas las novelas contemporáneas; es una forma de arte