Pronto aparecieron ante los ventanales del gimnasio, golpearon los cristales y gritaron algo, pero ya no se distinguían sus palabras.
Tampoco se quedaron allí mucho tiempo; en la nieve profunda no podían desenvolverse con la agilidad que exigía su frenesí. Así pues, volaron hacia la verja del jardín de la escuela y saltaron sobre el zócalo de piedra, desde donde, además, aunque solo fuera a la distancia, tenían una mejor vista de la sala; allí corrían de un lado a otro aferrándose a los barrotes, luego se quedaban parados y extendían hacia K., con actitud suplicante, las manos entrelazadas.
Continuaron así durante un buen rato, sin pensar en la inutilidad de sus esfuerzos; estaban como obsesionados, ni siquiera se detuvieron cuando K. bajó las persianas para librarse de verlos.
En la habitación ya a oscuras, K. se acercó a las paralelas para buscar a Frieda. Al tropezarse con su mirada, ella se levantó, se arregló el cabello, se secó las lágrimas y comenzó a preparar el café en silencio.
Aunque lo sabía todo, K. de todos modos le anunció formalmente que había despedido a los ayudantes. Ella se limitó a Asentir. K. se sentó en uno de los pupitres y siguió sus movimientos cansados.
Habían sido su constante vitalidad y su decisión las que le habían otorgado belleza a su insignificante físico; ahora esa belleza había desaparecido.
Unos pocos días de convivencia con K. habían bastado para lograr esto. Su trabajo en el salón de la taberna no había sido ligero, pero al parecer se adaptaba mejor a ella.
¿O acaso su separación de Klamm era la verdadera causa de su decaimiento? Era la cercanía de Klamm la que la había vuelto tan irracionalmente seductora; esa era la seducción que había atraído a K. hacia ella, y ahora se marchitaba en sus brazos.