menos completa. Sin embargo, en el estadio en el que quedó, El proceso podía prescindir con mayor facilidad de los capítulos finales de lo que puede hacerlo el presente libro. Cuando un dibujo se acerca a su finalización, ya no necesita líneas guía. Entonces uno utiliza líneas guía a su discreción, y cualquier otro dato disponible, notas, etc., para continuar el dibujo hasta su final conjeturado. Por supuesto, bajo ninguna circunstancia se debe confundir o mezclar el dibujo mismo con el andamiaje.
Una de esas líneas directrices de las que creo que se puede prescindir con mayor dificultad en El castillo que en El proceso, nos conduce nuevamente a El proceso. El parecido entre ambos libros es sorprendente. No es meramente la similitud entre los nombres de los héroes (Josef K. en El proceso y K. en El castillo) lo que apunta a esto. (Aquí puedo mencionar que El castillo parece haber comenzado como un relato en primera persona; el autor alteró los primeros capítulos insertando «K.» en todas partes en lugar de «yo», y los capítulos posteriores fueron escritos directamente en tercera persona). Lo esencial que hay que señalar es que el héroe de El proceso es perseguido por una autoridad invisible y misteriosa y citado a juicio, y que en El castillo se le impide hacer exactamente lo mismo. «Josef K.» se oculta y huye; «K.» avanza al ataque. Pero a pesar de la inversión de la acción, el sentimiento subyacente es el mismo. Pues, ¿qué significado tiene este Castillo con sus extraños documentos, su impenetrable jerarquía de funcionarios, sus caprichos y artimañas, su demanda (y su demanda absolutamente justificada) de respeto incondicional, de obediencia incondicional? Sin excluir interpretaciones más específicas, que pueden ser completamente válidas, pero que se hallan subsumidas dentro de esta otra tan abarcadora, tal como los compartimentos interiores de una caja china están encerrados dentro de la exterior, este «Castillo» al que K. nunca logra acceder, al que por alguna razón incomprensible ni siquiera puede acercarse, es muy similar a lo que los teólogos llaman «gracia», la guía divina del destino humano (la aldea), la causa eficiente de todas las casualidades, de las