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nydus/The CastlePublic
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VIII

El cochero permaneció un rato todavía en el patio, tenía muchísimo trabajo con el trineo, tuvo que abrir la pesada puerta del cobertizo, meter el trineo marcha atrás en su sitio, desenganchar los caballos, llevarlos a sus establos; todo esto lo hizo con gravedad, con concentración, evidentemente sin ninguna esperanza de volver a ponerse en marcha pronto, y esta silenciosa absorción que no concedía ni una sola mirada de soslayo a K., le pareció a este último un reproche mucho más grave que la conducta del caballero.

Y cuando ahora, tras terminar su trabajo en el cobertizo, el cochero cruzó el patio con su andar lento y balanceado, cerró el enorme portón y luego regresó, todo muy despacio, mientras literalmente no miraba otra cosa que sus propias huellas en la nieve, y por fin se encerró en el cobertizo; y ahora que también se apagaron todas las luces eléctricas —pues ¿para quién iban a seguir encendidas?— y solo arriba la rendija en la galería de madera seguía brillando, reteniendo por un instante la mirada errante, le pareció a K. como si por fin aquellas personas hubieran roto toda relación con él, y como si ahora en realidad fuera más libre de lo que jamás había sido, y tuviera la libertad de aguardar aquí, en este lugar que por lo general le estaba prohibido, tanto tiempo como deseara, y hubiera conquistado una libertad como la que apenas nadie más había logrado conquistar, y como si nadie se atreviera a tocarlo o a expulsarlo, ni siquiera a dirigirle la palabra; pero —esta convicción era al menos igual de fuerte— como si al mismo tiempo no hubiera nada más absurdo, nada más desesperanzador, que esta libertad, esta espera, esta inviolabilidad.

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