Habiendo admitido esto, se puede ver mejor la extrema dificultad del intento de Kafka.
Pues su alegoría no es una mera recapitulación o recreación; no transcurre por líneas ya trazadas; es un avance de la mente hacia lugares desconocidos; y por eso las cosas que describe parecen creaciones nuevas y reales que nunca antes habían existido.
Son como adiciones palpables al mundo intelectual, y tales que no pueden ser comprendidas de un solo vistazo, pues hay significado tras significado, forma tras forma, en todas ellas.
He indicado menos de la décima parte de las cosas que pueden hallarse en este libro y en El proceso, y eso es todo lo que puedo hacer aquí, pues los escritos de Kafka poseen una riqueza de significado casi interminable. Sus magníficas dotes como narrador y su genio para la construcción apenas necesitan ser señalados; resulta obvio, sin embargo, que sin ellos le habría sido imposible introducirnos en su extraño mundo. En un número reciente de la Literarische Welt, el señor Willy Haas observa con gran acierto que Kafka posee un tremendo poder para deducir lo real a partir de lo real, para partir de algo concreto y hundir su pensamiento en algo que parece todavía más concreto. Este es su método, y en la presente novela, de consumada construcción, pocos de esos eslabones entre lo concreto y lo más concreto se omiten; el progreso de la invención coincide con el pensamiento que explora y crea, de modo que al dejarnos arrastrar por la acción somos al mismo tiempo partícipes del descubrimiento y espectadores de un mundo en proceso de construcción.
La cualidad única del temperamento de Kafka se muestra en su actitud hacia este mundo que está investigando. Esa actitud puede describirse mejor mediante negativas.