modos, pero solo a espaldas de su padre. Luego, sumido en profundos pensamientos, Hans se quedó un momento con la mirada perdida ante él —exactamente como una mujer que quiere hacer algo prohibido y busca la oportunidad de hacerlo sin ser castigada— y dijo que pasado mañana quizás fuera posible, pues su padre iría al Herrenhof por la tarde, tenía una reunión allí; entonces él, Hans, vendría por la tarde y llevaría a K. con su madre, dando por sentado, por supuesto, que su madre estuviera de acuerdo, lo cual era, sin embargo, muy improbable. Ella jamás hacía nada en contra de los deseos de su padre, se sometía a él en todo, incluso en cosas cuya sinrazón él, Hans, era capaz de ver.
Mucho antes de esto, K. había llamado a Hans al estrado, lo había colocado entre sus rodillas y no había dejado de acariciarlo para consolarlo. La cercanía ayudó, a pesar de la ocasional rebeldía de Hans, a lograr un entendimiento.
Finalmente acordaron lo siguiente:
- Hans le diría primero toda la verdad a su madre, pero, para facilitarle el consentimiento, añadiría que K. quería hablar con el propio Brunswick, no sobre ella en absoluto, sino sobre sus propios asuntos.
Además, esto era verdad; en el transcurso de la conversación, K. había recordado que Brunswick, aun en el caso de ser un hombre malo y peligroso, difícilmente podía ser ya su enemigo si había sido, según la información del Administrador, el cabecilla de aquellos que, aunque fuera solo por motivos políticos, eran partidarios de contratar a un Agrimensor. La llegada de K. a la aldea debía de haber sido, por tanto, bien recibida por Brunswick. Pero en tal caso, su saludo hosco del primer día y la aversión de la que hablaba Hans eran casi incomprensibles; sin embargo, tal vez Brunswick se hubiera sentido ofendido simplemente porque K.