de que el «progreso» del peregrino aquí permanecerá en duda todo el tiempo y será en sí mismo el problema principal, el esencial. El castillo es, al igual que El progreso del peregrino, una alegoría religiosa; el deseo del héroe en ambos casos es labrarse su salvación; y para hacerlo (de nuevo en ambos casos) es necesario que se lleven a cabo ciertos pasos, y que se lleven a cabo sin un solo contratiempo. Pero ahí termina el parecido. Pues Cristiano sabe desde el principio cuáles son los pasos necesarios, y K., el héroe de El castillo, tiene que descubrir cada uno de ellos por sí mismo, y no tiene la seguridad definitiva de que, ni siquiera entonces, haya descubierto los correctos.
Así, mientras que el héroe de Bunyan tiene una meta clara ante sus ojos, y un camino muy transitado, aunque algo difícil, para llegar a ella, el héroe de este libro literalmente no tiene casi nada.
Kafka coincide con Bunyan en dos cosas:
- que la meta y el camino existen indudablemente,
- y que la necesidad de encontrarlos es urgente.
El viaje de su héroe, sin embargo, es un asunto mucho más difícil; pues los informes de la gente, las leyendas antiguas, las intuiciones propias, e incluso las señales de tránsito, pueden ser todas igualmente poco confiables.
Si alguien quisiera calcular cuán inmensamente más difícil le resulta a un genio religioso abrirse camino en una época de escepticismo que en una época de fe, una comparación entre El progreso del peregrino y El castillo podría darle una medida justa de ello.
Aunque tal vez no una medida del todo justa. Pues la mente de Bunyan era primitiva en comparación con las mejores mentes de su época, y la de Kafka es más sutilmente escéptica que la más escéptica de la nuestra.