subordinados del Castillo como Schwarzer. Tampoco andaban escasos de laboriosidad; la Oficina Central tenía un servicio nocturno. Y al parecer también respondían rápido a las preguntas, pues Fritz ya estaba llamando. Su contestación pareció de todo punto breve, ya que Schwarzer colgó el auricular de inmediato y exclamó enfadado: «¡Justo lo que decía! Ni rastro de agrimensor. Un vagabundo común y embustero, y probablemente peor». Por un momento K. pensó que todos ellos, Schwarzer, los campesinos, el ventero y la ventera, se le iban a echar encima en bloque, y para esquivar al menos el primer impacto de su acometida se metió por completo debajo de la manta. Pero el teléfono volvió a sonar, y con una insistencia particular, le pareció a K. Lentamente sacó la cabeza. Aunque era improbable que este recado también concerniera a K., todos se detuvieron en seco y Schwarzer tomó de nuevo el auricular. Escuchó una declaración bastante larga y luego dijo en voz baja: «¿Un error, dice? Siento oír eso. ¿El propio jefe de departamento lo ha dicho? Muy extrañísimo, muy extrañísimo. ¿Cómo voy a explicarle todo esto al agrimensor?».
K. aguzó el oído. Con que el Castillo lo había reconocido como Agrimensor.
Por un lado, aquello le resultaba desfavorable, pues significaba que el Castillo estaba bien informado acerca de él, había calculado todas las probabilidades y aceptaba el reto con una sonrisa.
Por otro lado, sin embargo, era bastante favorable, porque, si su interpretación era correcta, habían subestimado sus fuerzas y él tendría más libertad de acción de la que se había atrevido a esperar. Y si esperaban intimidarlo con su altiva superioridad al reconocerlo como Agrimensor, se equivocaban; la piel le hormigueaba un poco, eso era todo.