Polvoriento, molido hasta hacerse polvo por los pies, las ruedas y los cascos, sembrado y cubierto de estiércol, el prado ya estaba quedando desierto: la feria se estaba disipando. Pero Tijón Ílich, como si lo hiciera a propósito para fastidiar a alguien, se empeñaba en seguir allí con sus caballos sin vender bajo el calor, y se quedaba sentado una y otra vez en su carro. Parecía abrumado no tanto por la enfermedad como por el espectáculo de la gran pobreza, de la vasta miseria que, desde tiempos inmemoriales, reinaba en este pueblo y en todo su condado. ¡Señor Dios, qué país! ¡Tierra de chernozem de más de un metro de profundidad! Pero ¿y qué? Jamás pasaban cinco años sin que hubiera una hambruna. El pueblo era famoso en toda Rusia como mercado de grano, pero ni un centenar de personas en todo el pueblo comía grano hasta hartarse. ¿Y la feria? Mendigos, idiotas, ciegos, lisiados —todo un regimiento de ellos— y ¡tales monstruosidades que daban miedo y revuelto el estómago de solo mirarlas!
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IV. Durante el ayuno de San Pedro
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