murmuraba. Campesinos borrachos que regresaban de la feria —pelirrojos, morenos, rubios, pero todos igualmente horribles y harapientos, y con unos diez apiñados en cada carro— levantaban nubes de polvo mientras arreaban a sus míseros caballitos. Al rebasar sus carros traqueteantes, Tijon Ílich sacudió la cabeza. > «Puaj, vagabundos mendigos, que el diablo se
Uno de ellos, con una camisa estampada hecha jirones, yacía profundamente dormido y era sacudido como un cadáver, estirado boca arriba con la cabeza hacia atrás, la barba manchada de sangre, la nariz hinchada y cubierta de sangre seca.
Otro tropezó mientras corría tras su gorra, que el viento se había llevado; y Tijón Ílich, con malicioso deleite, lo azotó con su fusta.
Luego pasó un carro lleno de cedazos, palas y campesinas. Estaban sentadas de espaldas a los caballos, haciendo ruido y dando botes. Una llevaba puesta en la cabeza la gorra nueva de un niño, al revés; otra cantaba con la boca llena de pan; una tercera agitaba los brazos y, riendo, le gritaba a Tijón Ílich:
«¡Eh, tío, has perdido elperno!».
Y Tijón Ílich detuvo el caballo, dejó que lo alcanzaran y también azotó a esta mujer con su fusta.
Más allá del fielato, donde la carretera se desviaba hacia un lado, y donde los carros campesinos de traqueteo sordo quedaban atrás y reinaban el silencio, el amplio espacio y la sofocación de la estepa, sintió una vez más que, a pesar de todo, lo principal en el mundo eran los Negocios. Pensó con supremo desdén en los terratenientes que se daban aires de importancia en la feria, ¡ellos, con sus miserables troikas! ¡Ejt, y la pobreza por todas partes! Los campesinos estaban arruinados por