junto a un huerto de cerezos bajos lleno de gorriones, junto a las caballerizas y las chozas de los sirvientes, y se lanzó de un salto al corral.
Entonces ocurrió algo incongruente. Allí, en la penumbra, en medio del campo, estaba Tikhon Ílich sentado en su pescante, abrumado por la ira, la humillación y el terror. Su corazón latía violentamente, sus manos temblaban, su rostro ardía, su oído era tan agudo como el de un animal salvaje.
Allí sentado, escuchaba los gritos que llegaban flotando desde Durnovka, y recordaba cómo la muchedumbre, que a él le había parecido inmensa, al avistarlo desde lejos había cruzado en desbandada el barranco hacia la mansión y había llenado el patio con alboroto y palabras injuriosas, se había agolpado en el porche y lo había acorralado contra la puerta.
Toda el arma que tenía era el látigo en su mano. Y lo blandía, ya retirándose, ya lanzándose con desesperación contra la muchedumbre.
Pero el guarnicionero, un sujeto vicioso y demacrado, de vientre hundido y nariz afilada, que calzaba botas altas y vestía una camisa de estampado lavanda, avanzaba blandiendo su bastón con furia aún mayor.
En nombre de toda la turba, chilló que se había emitido una orden para «acabar con esa pandilla», para acabar en un mismo día y a una misma hora en toda la gobernación. ¡A los jornaleros de fuera había que expulsarlos de todas las haciendas y sustituirlos por trabajadores locales —a rublo el día!—, mientras que a los propietarios había que echarlos con cajas destempladas, en cualquier dirección, para que no volvieran a ser vistos jamás.
Y Tíjon Ílich gritaba aún más frenéticamente, en su empeño por ahogar la voz del guarnicionero: > «¡A‑a! ¡Con que esas tenemos! ¿Te has estado afilando, vagabundo, con el hijo del diácono? ¿Has perdido