tales como: ¿Es un oponente de la forma de Gobierno existente? ¿Proviene de «el pueblo»? ¿Ha estado en prisión, en el exilio? O bien, ¿participa en el bullicio literario, en la «revolución literaria» que —meramente a imitación de Europa Occidental— tuvo lugar durante esos años en Rusia, junto con un rápido desarrollo de la vida pública en las ciudades, de nuevos críticos y lectores provenientes de la joven burguesía y del proletariado juvenil, tan ignorantes en la comprensión del arte como ávidos de novedades imaginarias y de toda clase de sensaciones.
Además, me mezclé muy poco en la sociedad literaria. Viví mucho en el campo y viajé extensamente tanto por Rusia como por el extranjero: en Italia, en Sicilia, en Turquía, en los Balcanes, en Grecia, en Siria, en Palestina, en Egipto, en Argelia, en Túnez, en los trópicos.
Me esforcé «por contemplar el rostro de la tierra y dejar en él la impronta de mi alma», por citar a Saadi, y me han interesado los problemas filosóficos, religiosos, éticos e históricos.
Hace doce años publiqué mi novela El pueblo. Esta fue la primera de toda una serie de obras que describían sin adornos el carácter ruso, el alma rusa, su peculiar complejidad, sus profundidades, tanto luminosas como oscuras, aunque casi invariablemente trágicas. Por parte de la crítica rusa y entre la intelectualidad rusa, donde «el pueblo» casi siempre había sido idealizado —debido a numerosas condiciones rusas sui generis y, últimamente, simplemente por ignorancia del pueblo o por razones políticas—, estas obras mías, «despiadadas», suscitaron apasionadas polémicas y, como resultado final, me reportaron lo que se llama éxito, un éxito consolidado aún más por mis obras posteriores.
Durante aquellos años sentí cómo mi mano se volvía más firme a cada hora; sentí que las fuerzas que se habían acumulado y madurado en mí, con pasión y osadía, exigían una vía de escape. Justo entonces estalló la Primera Guerra Mundial y después vino la Revolución rusa. Yo no estaba